POR:Mónica Flores|ILUSTRACIÓN:Oldemar
La diplomacia científica es una prioridad emergente para los países que tienen acuerdos de cooperación científica y tecnológica.

Todos los días, en cientos de centros académicos del mundo, se genera conocimiento que, más tarde, será tecnología y dará ventajas comerciales a un país o industria, aportará jugosas ganancias o será pieza clave para dar un salto importante en la evolución tecnológica dentro de determinada área. Para que esto suceda, primero debe haber algún tipo de financiamiento para dichas investigaciones. Para que ese financiamiento sea posible, antes debe justificarse. Para justificar algo, el primer paso es darle un respaldo académico. Así, de forma muy sencilla, se logran ver los hilos de un mecanismo que cobra más importancia cada día: la interacción entre ciencia y tecnología, y políticas públicas.

Sheila Jasanoff, profesora Pforzheimer de Estudios de Ciencia y Tecnología y directora del Programa en Ciencia, Tecnología y Sociedad (STS, por sus siglas en inglés) en la escuela de gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard, afirma que “la misma ciencia conduce a resultados de política ampliamente diferentes, incluso entre países que son muy similares en sus formas de gobierno y sus prioridades en la política de ciencia y tecnología”. ¿Cómo sucede eso? En mucho, se debe a los matices y calidad de la labor realizada por la llamada “diplomacia científica”.

Cómo influye la ciencia en la sociedad

En el programa que dirige Jasanoff, se busca, como se afirma en la misión del STS: “mejorar la calidad de la investigación, la educación y el debate público sobre el papel de la ciencia y la tecnología en las sociedades contemporáneas. A través de iniciativas integradas e interdisciplinarias en investigación, enseñanza, capacitación y divulgación pública, el Programa busca desarrollar conocimientos fundacionales y relevantes para las políticas sobre la naturaleza de la ciencia y la tecnología, y las formas en que ambas influyen y son influidas por la sociedad, la política y la cultura”. Y, para lograrlo, el programa STS abarca estudios de ciencia y tecnología, antropología, política comparada, historia, gobierno, derecho y sociología.

Mientras fue primer ministro de Gran Bretaña, Gordon Brown dijo: “Muchos de los desafíos que enfrentamos hoy en día son internacionales y, ya sea que aborden el cambio climático o combatan enfermedades, estos problemas globales requieren soluciones globales. Por eso, es importante que creemos un nuevo papel para la ciencia en la formulación de políticas y la diplomacia internacionales: colocar la ciencia en el corazón de la agenda internacional progresista”.

Un poco de historia

Aunque en muchos países existen ejemplos de diplomacia científica en siglos anteriores al XX, fue después de la Segunda Guerra Mundial cuando la comunidad científica se volvió más proactiva para abordar amenazas globales, como el uso del armamento nuclear. En ese entonces, había que discutir y divulgar los peligros devastadores del mal uso de esta nueva tecnología.

A partir de entonces, y con un renovado interés a partir del siglo XXI, se ha formado gran cantidad de organizaciones, asociaciones, academias, comités y foros, entre otras importantes figuras, con las que se busca crear una comunicación fluida entre la ciencia y los gobiernos, así como entre organismos científicos internacionales.

A partir de ejemplos históricos y contemporáneos, la Royal Society de Gran Bretaña concluyó, en el documento Nuevas fronteras en la diplomacia científica (publicado en enero de 2010 por la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia, AAAS, por sus siglas en inglés), que la ciencia puede contribuir de muchas maneras a alcanzar objetivos de política exterior. En dicho documento, se afirma que la “diplomacia científica” es un concepto que puede aplicarse en tres dimensiones de política: para abordar objetivos de política exterior con asesoramiento científico, facilitar la cooperación científica internacional y utilizar la cooperación científica para mejorar las relaciones internacionales entre países.

¿Qué es la diplomacia científica?

La doctora Nina Fedoroff, asesora de Ciencia y Tecnología del secretario de Estado de Estados Unidos, definió la diplomacia científica como “el uso de las interacciones científicas entre las naciones para abordar los problemas comunes que enfrenta la humanidad y para construir asociaciones internacionales constructivas basadas en el conocimiento”. En la actualidad, organismos internacionales, como, por ejemplo, la Unesco, tienen programas para promover la diplomacia científica en temas internacionales que van desde Programas Hidrológicos, del Hombre y la Biósfera, de Geociencia y Geoparques, y de Ciencias Básicas, hasta comisiones intergubernamentales Oceanográficas; cada una, para abordar agendas internacionales en dichos temas específicos y lograr abordarlos pensando en la cooperación y el bien global. Además, como en el caso de las investigaciones que requieren hacerse en territorios específicos, las negociaciones no sólo buscan el avance académico o en políticas públicas o agenda global, también pretenden comparar esfuerzos y generar ideas para disminuir cualquier impacto en ecosistemas o comunidades involucradas en las áreas de exploración o ejecución tecnológica.

Sheila Jasanoff, en una entrevista reciente con Doug Gavel (escuela Kennedy, de Harvard), comentó que, entre las preguntas más importantes que se abordan desde el STS, destacan: “¿Cómo aborda y cómo debería interactuar la autoridad científica con otras formas de autoridad legal y política, por ejemplo, la ley, la ética, la religión? Más específicamente, ¿cómo deberíamos enmarcar y abordar los desafíos de la gobernanza relacionados con el cambio científico y tecnológico en áreas como las ciencias de la vida, el medio ambiente, la información y la comunicación? Mi enfoque ha sido en el medio ambiente y la biología, pero estoy empezando a abordar cuestiones como la inteligencia artificial y la robótica”.

Política exterior

Europa, Estados Unidos y muchos otros países, como Japón, dan una gran importancia al rol que juega la diplomacia científica en su política exterior. Japón, por ejemplo, tiene como objetivos negociar la participación de científicos de su país en programas internacionales de investigación; brindar asesoría científica para la formulación de políticas internacionales ayudando a desarrollar la capacidad científica en naciones en desarrollo; usar la ciencia para destacarse en el escenario internacional, de manera que aumente el prestigio de Japón y atraiga la inversión interna. De hecho, este país asiático ha logrado que sus fortalezas científicas y tecnológicas sean una fuente de valor estratégico y económico. Reino Unido, por su parte, tiene agregados científicos en muchas de sus embajadas, porque generalmente, gracias a los acuerdos y cooperaciones entre países, se pueden obtener beneficios mutuos en áreas tan competidas como la de los avances tecnológicos.

Siempre será preferible, para el bien del mundo, la cooperación entre científicos y naciones. La ciencia es una fuente de “poder suave” (Soft Power, término acuñado por Joseph Nye en 2004) que puede lograr, cuando hay consenso y organización, avances de extraordinarios alcances como el logrado en el COP21 en París, 2015, donde los acuerdos logrados generaron un avance histórico en el control del clima.

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