La doctora Claudia Gutiérrez Antonio, profesora-investigadora de la Facultad de Química de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ), contesta.

Desde que surgieron, las tecnologías renovables han tenido que probar que su impacto no es mayor al beneficio que brindan. “Ciertamente, cuando se desea fabricar un producto que no está disponible en la naturaleza, se impacta al medio ambiente. Para producir gasolina, es necesario obtener el petróleo que está en el subsuelo y procesarlo utilizando energía para ello, y esto implica, por definición, un impacto al medio ambiente. Lo mismo sucede cuando desarrollamos energías renovables, como los biocombustibles”, explica la doctora Claudia Gutiérrez Antonio, profesora-investigadora de la Facultad de Química de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ).

“Sin embargo, los biocombustibles tienen una gran ventaja: se generan a partir de [algunas] plantas, y esto se conoce como ‘el ciclo corto de carbono’; es decir, es carbono que ya estaba circulando en el ambiente, de tal forma que las emisiones de CO2 derivadas de estos biocombustibles son aquellas que las plantas tomaron para su crecimiento. En cambio, el uso de los combustibles fósiles incrementa la cantidad de CO2 porque dicho gas se encontraba secuestrado bajo la tierra y, al quemarse los combustibles fósiles, se pone nuevamente en circulación. Bajo esta premisa, usar biocombustibles contamina mucho menos que usar combustibles fósiles”, afirma la científica.

En la UAQ, trabajamos en proyectos para el desarrollo de biocombustibles sólidos a partir de cuatro residuos vegetales: cascarilla de arroz, paja de trigo, paja de cebada y paja de frijol.

No obstante, la investigadora aclara que la afirmación anterior es válida sólo cuando se utilizan métodos de producción de biocombustibles que sean óptimos y de mínimo consumo de energía, con el fin de no producir, por ejemplo, un biodiésel que genere menos energía que la que se utilizó para fabricarlo.

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Con respecto a los cultivos para la obtención de los biocombustibles, la doctora Gutiérrez Antonio comenta que está a favor de no utilizar alimentos para la obtención de un combustible que se destinará para impulsar un vehículo; en cambio, está a favor de usar los residuos que se generan en la producción de los alimentos.

“Hay residuos que se producen en México que tienen un uso. Por ejemplo, los residuos de maíz se destinan para la alimentación de ganado y [sirven en] otras aplicaciones. Pero hay otros que deben tomarse en cuenta con base en dos criterios: que sean de gran producción en México y que no se utilicen. En la UAQ, trabajamos en proyectos para el desarrollo de biocombustibles sólidos a partir de cuatro residuos vegetales: cascarilla de arroz, paja de trigo, paja de cebada y paja de frijol. Se trata de desperdicios que no se usan para generar productos de valor agregado; no afectan otras cadenas, como el alimento para ganado y, por tanto, no se crea competencia y se elimina el problema de la contaminación que generan si se dejaran al aire libre o se tiraran en un relleno sanitario”, asegura la científica, quien es, además, jefa de la División de Investigación y Posgrado de la Facultad de Química de la UAQ.

Y agrega que los residuos que generan contaminación y que no se aprovechan después, incluyendo los aceites usados de cocinas, se vislumbran como la mejor alternativa para poder resolver todas las preocupaciones en torno al impacto ambiental y la seguridad alimentaria.

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