POR:Wenceslao Bruciaga|ILUSTRACIÓN:Oldemar
Es irreal pensar que los transportes de motor de combustión interna dejarán de circular pronto. Lo que sí puede hacerse es producir combustibles más limpios a partir de biomasa y reducir la emisión de contaminantes.

En abril, los niveles de contaminación forzaron al gobierno de la Ciudad de México a tomar medidas urgentes para evitar nuevas contingencias. Cuando, el 19 de diciembre de 2013, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) dio a conocer que en el país circulaban cerca de 23 millones de vehículos, expertos subrayaron lo que esto implicaba en términos de salud.

De acuerdo con la Semarnat, las concentraciones de contaminantes provenientes del parque vehicular representan el 75% del total de óxidos de nitrógeno, el 60% de todas las partículas inhalables, el 50% de hidrocarburos y el 25% del bióxido de azufre en el ambiente. Las consecuencias médicas son alarmantes: complicaciones respiratorias, envejecimiento pulmonar prematuro, tos, bronquitis crónica, asma y cáncer.

De ahí la urgencia de encontrar soluciones y tomar medidas de fondo. Una de ellas es la conversión del parque de autotransporte en un sistema que contemple el uso de fuentes energéticas renovables. En México, gracias a la intervención de un grupo importante de científicos que están desarrollando alternativas como el biodiésel y los biocombustibles lignocelulósicos, esto empieza a ser una realidad y con gran potencial a mediano y largo plazos.

Qué es un biocombustible

El ingeniero químico, con posgrado en Ingeniería de la UNAM, Carlos Álvarez Maciel, define los biocombustibles como “recursos energéticos procesados a partir de materia orgánica producida recientemente por seres vivos, a la cual se le denomina ‘biomasa’ (líquida, solida o gaseosa), con la finalidad de liberar la energía contenida en sus componentes químicos mediante una reacción de combustión”.

 

Según la compilación Investigación y desarrollo e innovación para el desarrollo de los biocombustibles en América Latina y el Caribe, de la Comisión Económica para América Latina y El Caribe (Cepal, noviembre 2011), los biocombustibles se clasifican por generaciones: La primera generación incluye la producción de etanol o de aceite a partir de cultivos de alimentos y usa tecnologías convencionales: fermentación de azúcar de caña y betabel; hidrolisis y fermentación de almidón de yuca, maíz y otros cereales para producir etanol; y transesterificación para aceites de palma, girasol, soya, canola, jatropha y colza. Las siguientes generaciones, también llamadas “biocombustibles avanzados”, son “altamente intensivas en innovación tecnológica y sus dinámicas dependen de economías de aglomeración”, explica el texto.

El informe Futuro de la producción de biocombustibles en México, de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa), apunta que: “Después del proceso, y a diferencia del aceite que le dio origen, el biodiésel tiene una viscosidad semejante a la del diésel derivado del petróleo y puede reemplazarlo en los usos más comunes, pudiéndose utilizar en maquinaria pesada, equipo de trasporte, la industria y otras actividades”.

Vanguardia y colaboraciones

Entre las instituciones pioneras en la investigación de biocombustibles en México destacan el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y la Universidad Autónoma de Nuevo León. Actualmente, la vanguardia la llevan instituciones que conforman los clústers del CEMIE-Bio: el Clúster de Biodiésel Avanzado, el Clúster de Bioalcoholes, el Clúster de Biogás, el Clúster de Bioturbosina y el Clúster de Biocombustibles sólidos.

Las colaboraciones que integran cada clúster son múltiples y enriquecedoras. Por ejemplo, en el de Biodiésel Avanzado, cuya responsable es la doctora Georgina Sandoval, participan instituciones como el CIATEJ, el CIDETEQ y el CICY, la BUAP y la UADY, además de cinco empresas. El clúster obtiene el biodiésel de los residuos agroindustriales y de las trampas de grasas de plantas de tratamiento de las grandes ciudades.

Te puede interesar:  Apasionante, el potencial que tiene la bioenergía en diversas regiones

Los objetivos del clúster pueden englobarse en tres (además de certificar laboratorios que garanticen la calidad del biodiésel): “Desarrollo y transferencia de normatividad; no sólo emular las normas de Estados Unidos o Europa, sino adaptarlas a la realidad y a las materias primas de México, y desarrollar metodologías más prácticas. En segundo lugar, desarrollo de tecnologías sustentables y novedosas que garanticen la seguridad alimentaria. Y, finalmente, fortalecimiento de capacidades a lo largo de la cadena de valor del biodiésel y los combustibles derivados que puedan hacer las mismas funciones”, explica la doctora Sandoval.

Una de las innovaciones del clúster radica en la investigación de procesos de transformación de la materia prima, como la tecnología de catalizadores enzimáticos, que tiene la ventaja de que el producto no necesita destilarse (al no requerir exceso de alcohol); además, con los catalizadores comunes se forma jabón y no biodiésel, dado que las materias primas de desecho poseen un alto contenido de ácidos grasos libres, con lo que la calidad mejora notoriamente y da como resultado biodiésel y glicerol limpios.

biodiesel02

No quitarle el alimento a nadie y ser sustentables

Según el ingeniero químico, doctor Arturo Sánchez Carmona, responsable de investigación de procesos para biocombustibles de generaciones superiores, del Cinvestav Guadalajara, y responsable técnico del Clúster de Bioalcoholes de CEMIE-Bio, la diferencia entre los biocombustibles y aquéllos de origen lignocelulósico radica en que “estos últimos provienen de residuos agrícolas, forestales o agroindustriales, mientras que otros biocombustibles, que se conocen como de primera generación, usan materia prima que forma parte de la cadena alimenticia del ser humano”.

“Debemos trabajar con residuos de grasas y aceites, y también de otros tipos que puedan ser convertidos en aceites unicelulares en una biorrefinería”, comenta Sandoval. “Nuestro clúster, para no depender de los aceites alimentarios (provenientes de vegetales y semillas oleaginosas), analiza otras opciones, pues México necesita de este insumo para otros fines, además de que alrededor del 99% de las oleaginosas y derivados que consumimos en nuestro país es de importación”.

Metas nacionales e internacionales de impacto ambiental

Si bien aún no se cuenta con metas establecidas que fijen un año en específico, ni un porcentaje obligatorio para el uso de biodiésel en el sector Transporte (por ejemplo, en Europa se prevé que, para 2020, el 20% del combustible usado en las naciones más desarrolladas será el biodiésel), así como tampoco con un proyecto de normatividad alrededor éste y los biocombustibles lignocelulósicos, México se encuentra en un momento óptimo.

El bioetanol y biodiesel responden a problemáticas diferentes. Para Sánchez Carmona, el primero en convertirse en combustible automotriz de uso masivo será el bioetanol. La doctora Sandoval considera que la transición tecnológica hacia el biodiésel también se dará de manera rápida. Ella explica que el Clúster de Bioediésel Avanzado ya cuenta con socios empresariales que se dedican a la recolección del tipo de grasas necesarias para la producción de biodiésel. “Además, ya existe un mercado en México, en el que compañías de transporte de carga y grandes fábricas están usando biodiésel para autoconsumo. En general, actualmente la demanda de este biocombustible supera su capacidad de producción. Esta demanda está orillando a la formación de una Asociación Nacional de Productores de Biodiésel, para esforzarse en cubrir ésta a lo largo del país”.

No Hay Más Artículos