POR:Wenceslao Bruciaga|ILUSTRACIÓN:Oldemar
En México, el desarrollo de biocombustibles es una prioridad y, en un futuro cercano, produciremos bioturbosina para contribuir a disminuir las emisiones de CO2 y el impacto ambiental de la aviación.

En tiempos de cambio climático, la industria de la aviación tiene una preocupación prioritaria: reducir sus emisiones de bióxido de carbono (CO2). Según datos de Aeropuertos y Servicios Auxiliares de México (ASA), tan sólo en 2011 “la industria de la aviación emitió 676 millones de toneladas de CO2, lo que representa el 2% del total de estas emisiones globales producidas por el hombre (34 mil millones de toneladas)”.

México consume más 3,200 millones de litros anuales de combustible de aviación. Por lo tanto, la contaminación emitida específicamente en este rubro siempre ha sido una preocupación, tanto para especialistas como para funcionarios involucrados en la aviación mexicana. Pero el futuro no tiene que ser un apocalipsis de nubes grises y máscaras antigases. La ciencia ha invertido décadas en la investigación de biomasa y biocombustibles y, en la segunda década del siglo XXI, la bioturbosina va por buen camino para competir por un porcentaje del uso total de combustibles destinados a la aviación.

¿Qué es la bioturbosina?

De acuerdo con especialistas de ASA, la bioturbosina es parte de los bioenergéticos de segunda generación: “Son un recurso renovable y sustentable que puede reemplazar al combustible de la aviación tradicional. Actualmente se producen a partir de aceites derivados de especies como la Jatropha, la higuerilla, las algas y algunas halófitas”.

En la industria de bioenergéticos se busca lograr la reducción de contaminantes en toda la cadena de producción. “Es importante entender que, en la reducción de emisiones del biocombustible, la principal diferencia con el combustible fósil es el llamado ‘ciclo de vida’. En la bioturbosina, las materias primas que se usan vuelven a secuestrar el bióxido de carbono”, explica Tania Buenrostro Domínguez, Ingeniera Química por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y actual gerente de biocombustibles de ASA: “Las emisiones regresan a los cultivos por el proceso de fotosíntesis”.

Por su parte, el responsable técnico del Clúster de Bioturbosina de CEMIE-BIO (Centro Mexicano de Innovación en Energía especializado en Biomasa), el doctor Francisco J. Cervantes Carrillo, agrega: “La turbosina convencional viene de los combustibles fósiles, básicamente, y está constituida por alcanos o hidrocarburos de alto peso molecular lineales, digamos. No son aromáticos como las gasolinas. El combustible para la aviación requiere de ciertas características, de tal manera que, por un lado, tenga un alto rendimiento energético y, el otro pueda fluir a las temperaturas tan bajas que existen en esas alturas. La gran diferencia que aporta la bioturbosina es que ésta va a ser obtenida de fuentes biológicas, específicamente de plantas que no son comestibles y que producen semillas ricas en aceites, de tal manera que esos aceites, al extraerse y ser transformados en alcanos, puedan constituirse en la alternativa a la turbosina convencional. Esa es la gran diferencia”.

Antecedentes de la biotorbusina en México

Desde 2007 se plantearon los primeros proyectos para producir combustibles alternativos a partir de maíz y caña de azúcar. Con el inicio de estos diseños, la Secretaría de Energía constituyó la Administración Pública Federal en materia de bioenergéticos, para regular su desarrollo, permisos, almacenamiento, transporte, etc.

Más tarde, en 2010, academia e industria comenzaron a mirar en la misma dirección. “Lo principal era entender en qué lugar se encontraba México, en cuanto a bioenergías se refiere. En ese momento conocimos a muchos investigadores de muchas universidades que estaban trabajando en etanol y biodiesel, sobre todo en la UNAM, el IPN y la Universidad de Yucatán. Eso nos llevó a descubrir un dato muy relevante: si bien en México empezamos oficialmente a desarrollar la bioturbosina en 2010, sabemos que ya había investigaciones de Jatropha desde la década anterior. Ya hay un bagaje de investigación y ciencia básica muy importante, sobre todo en materias primas”, explica la gerente de biocombustibles de ASA, Tania Buenrostro.

Aunque es cierto que la bioturbosina debe pasar por la misma fase de hidroprocesamiento que la turbosina fósil, el hecho de que sean materias primas diferentes conlleva otros procesos que requieren de innovación.

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Jatropha, bioturbosina y el campo mexicano

La bioturbosina se compone de distintos elementos. Uno de los más importantes es el piñón mexicano, también conocido como Jatropha, que requiere un tratamiento de cultivo específico y condiciones climatológicas especiales.

En 2010, ASA, en coordinación con el Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP), comenzó un estudio para examinar la localización geográfica de cuadrantes ideales o regiones potenciales para el cultivo de la Jatropha con fines exclusivos de procesamiento de bioturbosina.

Se determinó que la siembra de Jatropha fuera un cultivo de segunda generación, con una política de no competencia directa o indirecta con alimentos para consumo humano; igualmente se estableció no reconvertir tierras que se usaran para sembrar alimentos y tampoco emplear agua dulce para su riego. Y, muy importante: que no afectara los precios de los alimentos.

Jatropha MéxicoEl INIFAP concluyó que un cultivo exitoso de Jatropha requiere de climas cálidos con una altura no superior a los 1,500 metros sobre el nivel del mar. Determinó que México cuenta con una geografía de 1,926,748 hectáreas con potencial alto y 2,774,182 hectáreas con potencial medio.

Con este estudio, la IFINAP estipuló que: “los estados de la República Mexicana que registraron mayor superficie óptima para el cultivo de piñón fueron Sinaloa, con 557,641 hectáreas; Tamaulipas, con 317,690; Guerrero, con 282,158; Chiapas, con 230,273 y Michoacán, con 197,288.

“El campo mexicano aún no tiene cultivos de Jatropha comerciales que muestren resultados económicamente rentables. Hay paquetes tecnológicos desarrollados por INIFAP para el cultivo, pero no hay estadísticas de hectáreas sembradas o de producción. El proyecto tiene un objetivo referente a determinar la producción de Jatropha al quinto y sexto años de cultivo. Estos resultados serán alcanzados a principios de 2017”, explica el especialista Miguel Angulo, miembro del clúster de bioturbosina.

El futuro de la bioturbosina en México

Nuestro país comparte las mismas condiciones de innovación tecnológica en cuanto a bioturbosina que otros países, muchos de ellos considerados desarrollados: “Ya sabemos qué potencial tenemos y México se caracteriza por un desarrollo de biomasa envidiable en comparación con otros países, por nuestra posición geográfica, nuestro tamaño, etc. Ahora de lo que se trata es de dar el salto para que la bioturbosina sea una realidad en México”, considera Tania Buenrostro.

Dar el salto significa llegar a que la bioturbosina sea una realidad comercial: el reto del desarrollo tecnológico y la inversión de recursos para encontrar la cadena de producción a nivel regional más eficiente, de acuerdo a las condiciones de cada zona. “Estamos hablando de cientos de investigaciones que requieren recursos considerables y coordinación a todos los niveles, para que la bioturbosina se posicione en el mercado y, muy importante, que sea un biocombustible de sustitución directa, esto es, que los aviones no tengan que cambiar su estructura; eso sería complicado”, subraya Buenrostro.

Hará falta un gran capital humano en todas las áreas involucradas en el desarrollo de la bioturbosina. Clic para tuitear

La especialista reconoce que hará falta un gran capital humano en todas las áreas involucradas en el desarrollo de la bioturbosina: “El número de investigadores mexicanos trabajando en energías renovables es cada vez mayor. De lo que se trata es de que los estudiantes en estas áreas vean que hay un beneficio en el plazo más cercano posible. El reto, para nosotros, es identificar a los futuros especialistas y lograr que se enfoquen en el desarrollo de la bioturbosina”, explica Buenrostro.

La meta de México es tener una mejora promedio anual del 1.8 por ciento en la eficiencia del combustible que se usa en la aviación civil.

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