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Las esculturas cinéticas de Anthony Howe son el resultado de muchas horas de trabajo, entre bocetos, cortes de metal y la ejecución que da forma a sus diseños. Pero estas obras sólo cobran vida verdaderamente cuando entran en contacto con un personaje que ha estado siempre en la naturaleza: el viento. Este elemento es el causante del movimiento de las piezas metálicas que dan la ilusión de crearse, fundirse, desvanecerse y repetir el ciclo una y otra vez, como si fuera una animación multimedia. Howe vivió varios años aislado en la cima de una montaña en New Hampshire y también trabajó elaborando estanterías para almacenar registros en Manhattan. Fue, quizá, el contacto constante con el viento y el trabajo con el metal lo que lo llevó a dedicarse de tiempo completo a construir estas esculturas eólicas, que se han exhibido en palacios, avenidas y parques en Estados Unidos, y se han vendido en varios países. “El objetivo es alterar la experiencia del tiempo y el espacio cuando es presenciado. La velocidad óptima de los vientos, para el pleno funcionamiento de las piezas, debe ser de 144 kilómetros por hora, pero basta una brisa de 1.6 kilómetros por hora para que se muevan”, dice el artista, quien ha sido ganador en dos ocasiones en la competencia de escultura Kinetic.org.

Fuente: howeart.net
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