Durante los seis meses que dura ahí el invierno, el pequeño pueblo de Rjukan (Noruega) está sumergido en las sombras debido, no sólo a la posición geográfica del país, atravesada por el Círculo Polar Ártico, si a que, concretamente, esta población se encuentra en medio de un valle rodeado de altas montañas. Todo ese tiempo, sus 3,500 habitantes se ven privados de la luz solar. “A la gente pareciera no preocuparle el Sol porque no forma parte de su vida diaria; éste sólo está disponible cuando vas a una cabina. Hay algo conmovedor en eso: es como rascarse una herida abierta. Comencé el proyecto cuando me mudé a Rjukan, que ya conocía porque mis papás vivieron aquí. Llegué y experimenté la ausencia del Sol”.

“Solía escuchar que los habitantes, cuando eran niños, corrían a la colina a comer su lunch para poder ver el Sol y me dije: ‘¿Por qué no hacer un lugar aquí abajo en donde disfrutar del Sol?’ Y fue como comencé el proyecto”, explica el artista noruego Martin Andersen, creador de la obra Solspeilet. Más de 10 años requirió su desarrollo, hasta inaugurarla en octubre de 2013. Se trata de tres espejos gigantes instalados en lo alto de una colina (controlados por computadora) que siguen la trayectoria del Sol para reflejar la luz hacia la plaza del centro de Rjukan. La estructura emplea placas fotovoltaicas para generar la electricidad que necesitan los espejos para orientarse. Además, hay miniturbinas eólicas para complementar, en caso necesario, la generación de electricidad. Los espejos proporcionan el 90% de la luz del Sol y desde su puesta en marcha la plaza se ha convertido en un punto de reunión de los habitantes, quienes han recibido con agrado esta instalación, que les permite disfrutar de la influencia solar en las frías sombras del invierno.

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