POR:Ira Franco
Un científico brillante que hace "investigación de alto riesgo"  para lograr el salto científico en almacenamiento de energía.

Si los buenos maestros son escasos, entonces el doctor John Lemmon fue un adolescente muy afortunado: le tocó un profesor en la secundaria de Greeley, Colorado, que fue más allá en el desafío a la inteligencia de sus alumnos y elevó el nivel de enseñanza hasta asignaturas propias de la carrera de Química. “Fue un programa muy adelantado, que me mostró temas muy interesantes para mi edad, con gran apoyo por parte de los maestros”, dice Lemmon. Aunque hoy es director de uno de los programas estatales más ambiciosos para sistemas de almacenamiento de energía en Estados Unidos, el científico reconoce que, en aquel tiempo, su curiosidad era más cercana a la del niño que se emociona cuando explota el laboratorio: “A esa edad, lo que quieres es ver cómo un elemento reacciona en combustión o salen fuegos artificiales… y esas cosas”, dice. “Eso es lo que te llama la atención cuando eres joven, y luego lo único que necesitas es un maestro que apoye tu curiosidad y tu necesidad de aprender”.

El trabajo de sus sueños

John Lemmon tiene el puesto de director de programa en la Agencia Gubernamental para Proyectos de Investigación en Energía (ARPA-E, por sus siglas en inglés). En su trabajo actual, se manejan proyectos de más de 30 millones de dólares. “Se trata de un tipo de investigación no incremental, es decir, que no se basa en otra tecnología preexistente que se desee mejorar, sino que se busca hacer investigación de alto riesgo para la transformación, algo que no se haya visto nunca antes para dar un verdadero salto científico”, explica Lemmon. Se necesita un pensamiento original e innovador para hacer este tipo de investigación. Es, en realidad, el trabajo de los sueños de cualquier persona dedicada a la ciencia.

Pero ¿cómo llegó tan lejos aquel adolescente interesado en la explosión de tubos de ensaye? La respuesta está en su forma de encarar la vida, la forma en que su talento parece salirse de lo convencional y no sólo en lo que toca a la ciencia: al salir de la preparatoria, Lemmon hizo una pausa antes de entrar a Química, para darle una oportunidad a la música, su otra gran pasión. Primero se hizo músico de jazz, pero no tardó en unirse a una banda de rock. “Quise ir a una escuela de música para la universidad pero, en algún punto del primer año, me di cuenta de que era mejor para la química y que la música tendría que pasar a un segundo plano”.

Una historia vital

Decidió estudiar Química, sí, pero se mudó al estado de Oregon, que le ofrecía la gran oportunidad de practicar deportes extremos: “Solía hacer bicicleta de montaña, participaba en carreras de motocicleta y luego me puse a hacer escalada de roca. En ese estado existen las mejores rocas para escalar… De hecho, me divertí mucho en la licenciatura”, acepta, ameno.

Para cuando terminó la tesis de licenciatura sobre baterías, la realidad lo alcanzó: fue justo el momento en que los acumuladores de litio empezaron a volverse un tema de preocupación nacional. “El mercado de baterías se había mudado a Asia y Estados Unidos no era ya competente. En realidad, no había ni trabajos ni propiamente una industria de química de las baterías en mi país; por ello, cuando me contrataron en la empresa General Electric, en 1996, lo primero que tuve que hacer fue investigación sobre plásticos y polímeros estructurales”, explica el científico. Añade que fue allí cuando se dio cuenta de que su talento debía ser maleable y fluir en cualquier dirección: “Primero, trabajé en catalizadores para la manufactura de polímeros. En ese tiempo GE acababa de abrir una planta en España, así que pudimos escalar nuestro trabajo desde el laboratorio hasta la producción en serie. Estás haciendo experimentos a una escala pequeñísima y, de pronto, la industria los toma y empieza la fabricación en masa. Tal suele ser la meta en la investigación industrial, aunque no siempre tienes la suerte de ver reflejado tu trabajo de esta forma”, cuenta Lemmon. Desde entonces, este investigador se rige bajo una máxima: nunca dejes de ser flexible. “Cuando eres científico, especialmente en los campos que se desarrollan a la par de la industria, algo muy importante es la capacidad de reinventarte conforme a lo que se necesita de ti en ese momento en particular”, dice. Y muy a tiempo, pues una vez que Lemmon terminó su trabajo en polímeros, sucedió que la empresa GE quiso vender su división de plásticos y regresar a la investigación en electroquímica. Entonces, la empresa abrió un programa de investigación sobre células de combustible y empezó a necesitar químicos con experiencia en sistemas de almacenaje de energía. Lemmon había hecho su posdoctorado en materiales para baterías, justamente los temas para la nueva división de investigación de General Electric. “Tenía la fortuna de haber estudiado con Stan Whittingham, considerado ‘el abuelo’ de la batería de litio, por ser uno de sus inventores”. Lemmon recuerda que fue así, por un accidente afortunado, como su carrera hizo el viraje de regreso a las baterías.

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Las satisfacciones de la “ciencia aplicada”

Desde su trabajo en GE, el doctor Lemmon decidió que sería el tipo de científico que hacía investigación para fines concretos: “En GE tienen una división con cerca de un millar de científicos, todos tratando de combinar la innovación con los aspectos de valor económico”. En contraste, muchos de los profesores de las universidades hacen lo que Lemmon llama “ciencia básica” y su meta es hacer experimentos en nombre y beneficio de la ciencia pura, en nombre del conocimiento puro. “Hay un lugar para eso y tiene una importancia enorme, pero la mayor parte de mi carrera se ha desarrollado en lo que llamamos ‘ciencia aplicada’, donde buscas que tu investigación tenga una aplicación real. Es una gran satisfacción cuando descubres algo que será lanzado como un nuevo material y sabes que, además de ayudar a la empresa donde trabajas, será útil para el mundo entero”, dice Lemmon, quien recuerda haber desarrollado un tipo de plástico estructural que ahora se usa para hacer lentes más resistentes, para fabricar CDs o DVDs, faros de coche y hasta para piezas de avión.

Para entonces, el doctor Lemmon decidió que su impulso innovador podía llevar sangre nueva al sector público, por lo que salió de GE y comenzó a trabajar en una agencia estatal llamada Laboratorio Nacional del Pacífico Noreste (Pacific Northwest National Lab), donde colaboró con otros científicos para la elaboración de un proyecto de investigación en baterías de red. “Cuando llegué allí, ARPA-E era apenas un proyecto en ciernes. De hecho, nosotros ganamos un proyecto enorme que inauguró esta agencia gubernamental”, dice. Su idea era mejorar la conservación de energía proveniente del Sol o del aire en grandes empaques interconectados de baterías que pueden usarse mucho después, cuando realmente se necesitan. Explicado de un modo sencillo, el principio de estas baterías es convertir la energía solar que ya es electricidad en químicos en un estado muy alto de energía. “Cuando vas a usar esa batería, esa química tiende a pasar a un estado más relajado de energía, así que los electrones se liberan para producir, otra vez, energía eléctrica. Así que ahora tratamos de reproducir eso a gran escala”, explica. De hecho, estos experimentos conducidos por el doctor Lemmon son los precursores de toda una industria de la conservación de energías naturales dentro de las casas: “Hay una industria emergente de baterías de uso doméstico que, por ejemplo, podría crear una gran batería para que la pusieras en tu azotea y almacenaras en ella varios kilowatts. La mitad de mi trabajo en ARPA-E es tratar de reproducir estas baterías interconectadas a costos efectivos y hacerlas durar muchos años, porque no se pueden estar reemplazando cada seis meses: necesitan durar, al menos, una década”. Para imaginarnos estas baterías en nuestras casas, podríamos pensar en grandes tanques llenos de químicos que fluyen hacia una celda que los transforma en electricidad. “Para el uso en casas, nos imaginamos que el sistema completo podría ser del tamaño de un refrigerador grande, algo que pudieras poner en el sótano o en una azotea pequeña”.

R.e.b.e.l.s.

La parte agridulce del genio de Lemmon es que su trabajo es tan innovador y original que en la agencia gubernamental ARPA-E sólo ser permite ser director por tres años. Luego deben hay que dejarle el lugar a alguien más. “Es una manera de asegurarse que se mantendrán innovando. En el momento que entras, sabes cuándo vas a terminar; así que, mientras dura, trabajas de manera muy intensa”. En ARPA-E no se trata de reciclar ideas y mejorarlas, sino de tomar todo el conocimiento existente y hacer algo completamente distinto, algo que no se haya pensado antes. Un buen ejemplo de esto es el programa creado por Lemmon llamado “R.e.b.e.l.s.” (Energía confiable basada en sistemas electroquímicos, por sus siglas en inglés) y se trata de preguntarse si es posible construir artefactos que puedan usar combustible como gas natural o hidrógeno de manera eficiente y con menos emisiones, vía reacciones electroquímicas (en lugar de la combustión habitual) y así generar electricidad. “Nadie había pensado en eso: no sólo se genera electricidad a través de un proceso químico, sino que, en un momento dado, se desactiva el proceso para que, además, puedas almacenar esa energía. Yo lo llamo un artefacto híbrido que, al mismo tiempo, convierte combustible a electricidad y la guarda. Algo así como un batería-generadora de energía”, explica nuestro entrevistado, quien también es responsable de construir su tecnología cuidando el aspecto económico, para que los grandes ahorros atraigan el capital del sector energético.

El futuro, dice Lemmon, es promisorio: los materiales se están haciendo cada vez más efectivos y baratos. “Hay muchos científicos investigando sobre el asunto. La diferencia es que aquí buscamos que cada programa sea factible en términos económicos y con resultados medibles. En ese sentido, se parece mucho a la industria donde hay que entregar cuentas o, si no, los programas simplemente se cancelan”, explica el científico.

Dicen que el sentido del humor en síntoma inequívoco de inteligencia; en el doctor John Lemmon la máxima se cumple: cuando habla de sus pasiones (como el grupo de rock con el que aún canta y toca guitarra en algunos bares), siempre se atreve a mirarlos con el mismo filo que aquel adolescente que veía fuegos artificiales donde otros sólo alcanzaban a ver una aburrida materia más.

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