POR:Mónica Flores y Lariza Montero
Descubrir el mundo con inteligencia es cosa de niños. Brindarles las oportunidades, de adultos.

Está demostrado que la mirada infantil es curiosa por naturaleza, ávida de entender cómo es que funciona todo. Desde el minuto uno en el que el lenguaje les permite hacer preguntas, los niños quieren saber, antes que todo, por qué. ¿Por qué sale el sol? ¿Por qué es negra la noche? ¿Por qué cae la lluvia? ¿Por qué las plantas son verdes? En esas dudas, en esas ganas de entender y resolver, todos los niños llevan en potencia el germen de un gran científico.

No hay que olvidar la interdependencia que existe entre educación y progreso, y educación y futuro. Como lo dijo el psicólogo Jean Piaget: “El objetivo principal de la educación es crear personas capaces de hacer cosas nuevas, y no simplemente repetir lo que otras generaciones hicieron”.

Las ventajas de la enseñanza científica

Para Vanessa Martínez Sosa, coordinadora de Desarrollo Científico y Tecnológico del COECYT Coahuila, “la enseñanza de las ciencias, el cuidado del medio ambiente y el fomento de la creatividad en los niños, son áreas donde la sociedad, las familias, los investigadores, las universidades, los medios, los museos, los profesionistas con posgrados, las instituciones científicas y los gobiernos, juegan un papel importante en la educación científica”.

¿Para qué les sirve a los pequeños involucrarse en actividades vinculadas con la ciencia y materias afines? Les ayuda a desarrollar la expresión oral y escrita, mejorar su capacidad de decisión, aprender el trabajo en equipo, su actitud colaborativa, su interacción social, su tolerancia a la frustración y el desarrollo de su paciencia y de su pensamiento crítico, es decir, de su capacidad para reformular ideas mientras aprenden, explica la también coordinadora del Museo El Giroscopio, en Coahuila.

Hay mucho por hacer. En general, los adolescentes de México demuestran que no estuvieron expuestos en la infancia a suficientes estímulos que los acercaran de manera positiva a materias científicas y matemáticas.

La evaluación internacional PISA (Programme for International Student Assessment), que promueve la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), es un examen enfocado en tres áreas de conocimiento: lectura, matemáticas y ciencias, el cual se aplica internacionalmente (cada tres años) y cuyos resultados permiten establecer políticas públicas para mejorar la calidad educativa.

El Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEE) analiza los resultados de la prueba PISA por entidad federativa y, en 2010, encontró que las mejores calificaciones en ciencias se obtienen en aquellas entidades donde se realizan actividades de cultura científica.

En el más reciente examen PISA, realizado en 2012, el panorama en México fue el siguiente, en lo que a ciencias se refiere: el 47% de los alumnos mexicanos no alcanzan el nivel de competencias básico (nivel 2) en ciencias. Eso quiere decir que casi la mitad de todos los alumnos de 15 años no entiende los conceptos más elementales en temas vinculados a las ciencias. En contraste, sólo uno de cada 200 alumnos mexicanos de 15 años alcanza los niveles de competencia más altos (niveles 5 y 6). Esta situación muestra un área de oportunidad para fomentar el gusto por la ciencia en los niños y así ayudarles a que no se sientan intimidados por materias consideradas “difíciles”.

En otros lugares, la ventaja académica no necesariamente se traduce en tener una matrícula más nutrida de científicos en las universidades. En el continente europeo, que por tradición ha formado a grandes científicos, están preocupados, ya que los jóvenes que entran a las universidades no están eligiendo carreras relacionadas con la ciencia. Y, aunque el 80% de la población europea está convencida (Eurobarometer 2005) de que “el interés de los jóvenes por la ciencia es esencial para nuestra prosperidad futura”, las aulas no lo reflejan.

Preescolares: científicos natos

La NSTA (Asociación Nacional de Maestros de Ciencias de Estados Unidos) afirma que los niños tienen la capacidad necesaria para involucrarse en prácticas científicas, así como para desarrollar un pensamiento conceptual, siempre y cuando sean involucrados en juegos y actividades desarrollados con ese fin, apropiados para cada edad y fase de desarrollo. Las oportunidades para formarlos dentro de un pensamiento “científico” deben darse dentro de programas estructurados, tanto escolares como extraescolares, así como en experiencias informales dentro de casa o al aire libre. Hacer galletas, con un enfoque “científico”, ayuda a explicar conceptos químicos; lanzar una pelota a mayor o menor velocidad, el juego de canicas, dejar caer objetos, conceptos físicos… Los elementos más cotidianos, las conversaciones más sencillas y lógicas, pueden marcar vocaciones.

El pintor Pablo Picasso, dijo que “los niños eran artistas natos”, y ahora se sabe que también son científicos natos. Recientemente, un estudio realizado por la investigadora Claire Cook, del Massachusetts Institute of Technology (MIT), publicado en la revista Cognition, asegura que “cada niño es un científico nato”, el reto es que lo siga siendo a medida que crece. Y lo más desafiante es hacer que ese potencial sea explotado y aprovechado al máximo en sus primeros años de educación.

La investigación realizada por su equipo (basada en diversos retos con juegos y funcionamiento de juguetes) demostró que los niños en edades tempranas reaccionan a situaciones ambiguas de manera sistemática y específica. La investigación aporta el concepto ”juego exploratorio”, considerado como el principal motor de su aprendizaje. El juego exploratorio genera evidencia informativa para los niños y conforma el conocimiento causal. Lo revelador es que esta metodología es la misma que aplica la investigación científica formal.

A medida que los niños crecen, van perdiendo su instinto de aprendizaje empírico. Otro estudio, llamado The Double-Edged Sword of Pedagogy (El cuchillo de doble filo de la Pedagogía), de la psicóloga Laura Schulz, arrojó, a manera de conclusión, que padres y maestros deben ”navegar” en la finísima línea que se encuentra entre darles conocimientos acerca del mundo (pues no todo es un misterio) y preservar su sentido de ambigüedad e incertidumbre. “Maestros y padres no deben pretender que siempre tienen todas las respuestas; en la escuela, la clase de ciencia no debe ser una compilación de información o elementos a memorizar ni una guía de experimentos cuyos resultados los niños conocen de antemano”, sentencia la investigadora. También señala que, para que un niño siga siendo un científico nato, debe preservar el ”no saber” o el ”no conocer”, la semilla de la duda, pues “esto mantiene a los niños jugando con el mundo para saber cómo es que funciona”.

Fórmula de la vocación científica

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