POR:Ira Franco
Un teórico y asesor económico que ha favorecido la creación de políticas e iniciativas para volver mejor el mundo.

Hay algo que el trabajo del profesor Larry Goulder no nos permite olvidar: nadie puede cambiar el mundo solo. Para que las buenas intenciones y los grandes sueños en materia ambiental funcionen se necesita un gobierno que participe con políticas reguladoras eficientes y, más allá de políticos sabelotodo, se requieren servidores públicos que aprendan a vincularse con la academia.

Como profesor de la cátedra en Economía Ambiental de la Universidad de Stanford y creador del Centro de Análisis sobre Políticas Energéticas en la misma institución, Goulder ha sido uno de las genios detrás de temas, ahora de moda, como las políticas de tope y canje (cap-and-trade), la columna vertebral de iniciativas gubernamentales pioneras, como la del estado de California en la década pasada, cuando se implementó un programa para reducir la emisión de gases contaminantes.

Detrás de esas políticas hay al menos 25 años en los que Larry ha usado la teoría económica como un instrumento en favor del medio ambiente: junto con su equipo de investigadores, analiza las reformas hacendarias que podrían funcionar para detener el calentamiento global y diseña, desde la academia, políticas de incentivos económicos para que el gobierno las implemente con aquellas industrias que sean amigables con el entorno (los llamados green taxes).

Afortunadamente, su trabajo como científico no es pura teoría: Larry es, de hecho, asesor de varios comités federales de protección ambiental de Estados Unidos. Sabe que uno de los compromisos de un académico es poner al alcance del mayor público posible el conocimiento, pues, al menos en este caso, se trata del último recurso que tiene la humanidad para detener la inercia del desastre ambiental. “Una forma de ayudar es escribir breviarios académicos, artículos cortos, despojados del lenguaje técnico, que resumen las hipótesis y propuestas para audiencias más amplias. Estos breviarios son consultados por las agencias gubernamentales que se dedican a hacer análisis y recomendaciones para los legisladores. También los revisan la industria y las ONGs ambientales”, dice. En pocas palabras, es a él a quien acuden cuando quieren saber cómo cambiar las cosas.

Hacerse las preguntas correctas

El campo de conocimiento de Goulder no es precisamente el más gratificante: “En economía, mucho a lo que te enfrentas está lejos de tu alcance… porque puedes escribir grandes artículos científicos señalando la mejor instrumentación de una política pública, aunque sepas que eso sea políticamente imposible. Y eso puede ser frustrante”, dice, pese a que, indagando un poco en su vida, es evidente que a Larry siempre le han gustado los temas difíciles, sin recompensas obvias a corto plazo. Por eso estudió filosofía cuando salió de la preparatoria. No planeaba ser filósofo o hacer carrera académica en ese campo, sólo se sentía seducido por las ideas profundas: “Quería explorar cosas como la relación entre lógica y fe, entre lo moral y lo inmoral. También me interesaba estudiar qué constituye el conocimiento, qué es lo que sabemos realmente como humanos. Nunca pensé que esa iba a ser mi carrera porque, en Estados Unidos, solía haber muchas oportunidades para desarrollarte profesionalmente, incluso sin una carrera universitaria”. Fue allí cuando Larry comenzó a preocuparse por temas de la calidad del aire  (pues, en los años 60, Estados Unidos tenía serios problemas de contaminación) y por aquello que ya se vislumbraba: el tema de las fuentes de energía. “Participé en el primer  ‘Earth Day’ que se organizó en la historia, preocupado por el río Cuyahoga, en Cleveland (su ciudad natal) que se había encendido debido a la alta concentración de contaminantes”.

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Soñaba, sí, pero siempre dejó la puerta abierta a la economía, tomando algunos créditos de esta materia y también de Psicología Fisiológica, pero fue hasta que salió del campus cuando encontró la paz mental para decidir lo que realmente quería hacer: sin prisa, decidió tomarse un año completo para estudiar música. “Tuve mucha suerte porque mis padres pudieron pagarme un año para estudiar composición musical en la Escuela Normal de París”. Larry toca de oído (se jacta de tener uno muy fino) y se toma con mucho humor ser un pianista diestro, siempre y cuando el público no sea muy exigente, como el que frecuenta algunos bares y cafés de San Francisco. Goulder vive en Palo Alto, a unos 60 kilómetros de San Francisco, pero algunos viernes por la tarde hace el viaje para tocar la guitarra con un grupo de country. “Me resulta enormemente placentero tocar porque uso otra parte de mi cerebro, una pequeña alternativa a lo que siempre hago, que es concentrarme en teorías económicas, algo muy lógico y calculado, donde poco se deja a lo espontáneo. En la música, en cambio, ocurren cosas inesperadas todo el tiempo”. Aun ahora, cuando es ya un investigador de tiempo completo, la música es su amante más anhelada: “En un año, el tercio de mi tiempo se lo dedico a dar clases, dando conferencias o asistiendo a ellas; otro tercio hago investigación y el resto se divide en hacer trabajo administrativo, construir el centro de análisis que dirijo o contestar correos electrónicos […] no le dedico tanto a la música como quisiera”.

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En economía, mucho a lo que te enfrentas está lejos de tu alcance… porque puedes escribir grandes artículos científicos señalando la mejor instrumentación de una política pública, aunque sepas que eso sea políticamente imposible. Y eso puede ser frustrante ”.

La razón vs. la conspiración

En la teoría económica quizás todo es lógico, pero dentro de su ramo inciden elementos humanos que aún guardan sorpresas: por ejemplo, aquellos que niegan la responsabilidad humana en el cambio climático. Las teorías de conspiración pretenden desmantelar cosas por las que Larry ha trabajado toda la vida, cosas como la necesidad de aplicar mejores políticas desde los gobiernos para evitar la emisión de gases de efecto invernadero. Estas personas están en los medios de comunicación, en la política: los invitan a debatir en los programas de noticias respetables. Larry opina que, para contrarrestar a los conspiracionistas, sólo es necesario conservar un método científico de pensamiento. “El IPCC (Intergorvernmental Panel on Cilmate Change, por sus siglas en inglés) es un grupo conformado por cientos de científicos, incluyendo biólogos y economistas, de muchas nacionalidades que cada cinco o seis años lanzan un cálculo de lo que sabemos sobre las causas del cambio de clima, cuáles serán las probables consecuencias sobre esto, qué podemos hacer al respecto y cuánto costará. Todos los científicos tienen que estar de acuerdo con ese cálculo, así que, cuando la IPCC dice que la contribución más significativa al cambio climático es humana, los argumentos de que esa idea es parte de una conspiración mundial son difíciles de imaginar. Si fueras un buen científico con evidencia de que el calentamiento global no viene predominantemente de los humanos te harías de un nombre en la comunidad científica de inmediato y todo el mundo lo sabría; sería muy difícil ocultarlo”.

Teniendo en cuenta estos cálculos, mucho del trabajo de Larry es precisamente identificar los lugares donde está esa responsabilidad humana a nivel macro y encontrar las políticas públicas que pudieran reunir las mejores características: deben ser políticas de bajo costo, justas, de costo/beneficio efectivo y factibles. “Y estas características casi siempre van una en contra de la otra, así que debes estar preparado para sacrificar algún elemento”, explica Larry, quien muestra en sus ojos la fe en el futuro que sólo puede tener quien ayuda a labrarlo.

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