POR:Nelson Mojarro
¿Cómo sustituirlos de forma segura, eficiente y efectiva? La incorporación de nuevos métodos de extracción de hidrocarburos es una tendencia a la alza que sugiere seguirán formando parte del mercado en un futuro próximo.

El camino de cualquier país hacia la transición energética debe contemplar la seguridad energética como una prioridad. Una transición de ese tipo conlleva un cambio en la dirección del sistema energético del país. Con ella se busca la sustitución de prácticas, estímulos, costumbres, regulaciones, reglas y fuentes asociadas al statu quo, es decir, un sistema basado en los hidrocarburos.

Las transiciones son complejas; se trata de procesos de largo plazo que requieren la interacción de un gran número de actores, como son: empresas e industria, políticos y tomadores de decisiones, consumidores, investigadores y la sociedad en general (Geels, 2005). Como se puede apreciar en el primer gráfico, los cambios mundiales en el uso de fuentes de energía han sido procesos lentos. Entre 1973 y 2011 se puede observar una reducción del uso del petróleo como fuente primaria, pero un incremento en el uso del gas natural y el carbón. Por otra parte, fuentes de tecnologías más “limpias” o con menores emisiones de gases de efecto invernadero (como lo son las energías renovables) no han logrado un gran avance a lo largo de casi cuatro décadas. De hecho, las energías renovables como la geotermia, solar y eólica representaron el 1% de la energía primaria mundial en 2011.

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A pesar de que ha habido modificaciones en la oferta energética mundial, aún predomina el uso de los hidrocarburos. La transición requiere que nuevas tecnologías con base en otras fuentes energéticas diferentes a los hidrocarburos, con menos emisiones contaminantes y distintas prácticas, lleguen al mercado de forma exitosa. Sin embargo, las nuevas tecnologías y fuentes que han logrado un mayor crecimiento en los últimos años (y que se espera sigan creciendo) son también recursos fósiles. La producción de gas y crudo shale ha logrado un crecimiento inesperado y sobresaliente (mayoritariamente en Estados Unidos), muy por encima de la generación y crecimiento de las energías renovables. De acuerdo con la Administración de Información de Energía (EIA, por sus siglas en inglés), durante la última década, la producción de gas de lutitas o shale creció 14 veces, llegando a representar el 22% del total de la producción de gas de Estados Unidos. 1 La expectativa, según el Energy Outlook de BP, es que estos hidrocarburos sigan siendo la principal fuente energética en crecimiento en Norteamérica para 2035. Se puede ver, entonces, la incorporación de nuevos métodos de extracción de hidrocarburos como una tendencia que crece a mayor velocidad, pero en paralelo con la transición energética enfocada a la sustentabilidad.

Transición energética sustentable

La transición hacia la sustentabilidad, desde un punto de vista teórico, conlleva características diferentes a otro tipo de transiciones. Las que se hacen en pro de la sustentabilidad se enfocan en el cumplimiento de metas (Smith et al, 2005), dado que enfrentan problemas ambientales persistentes, en contraste con otras transiciones que pueden ser emergentes (nuevas tecnologías digitales promovidas por emprendedores). En segundo lugar, el sector privado tiene pocos incentivos para tratar de resolver problemas asociados con la sustentabilidad, dado que se trata de una política pública, por lo que atraer al sector privado en esta dirección requiere de otras fuerzas distintas a las de mercado que mejoren la difusión y adopción de tecnologías bajas en carbono. Por último, dado que la sustentabilidad es un concepto ambiguo, es probable se pueda generar desacuerdo y debate entre los actores sobre la direccionalidad de las transiciones sustentables (Stirling, 2007). Marianne Haug, catedrática de la Universidad de Hohenheim, en Stuttgart, Alemania, argumenta en un artículo suyo, publicado en Oxford Review of Economy Policy en 2011, que existen lecciones que podemos aprender de la experiencia previa en cuanto a la sustitución de los hidrocarburos:

  1. La sustitución del petróleo sucederá solamente cuando las tecnologías de fuentes alternas estén listas para ser comercializadas y se puedan desarrollar a escala.
  2. Los precios del petróleo son determinantes. Cuando tenemos bajos precios relativos de petróleo la sustitución de los hidrocarburos por fuentes alternas se vuelve muy cara y los gobiernos tienden a abandonar esas políticas.
  3. Cuando tenemos altos precios internacionales de petróleo (como en la actualidad, con récord de número de años con precio de crudo arriba de 100 dólares el barril), incluso cuando las elasticidades de precio son bajas, se tiende a buscar la diversificación de fuentes y las políticas de ahorro energético. Es en estos periodos donde políticas en pro de la transición pueden desarrollar sustitutos aptos para competir en el mercado.
  4. Las políticas e incentivos de apoyo son de gran relevancia, incluso si son temporales. Las políticas de apoyo a los hidrocarburos, que han generado un desarrollo dependiente de éstos y han encerrado las capacidades tecnológicas en fuentes fósiles, también pueden ser revertidas con apoyos similares en pro de la transición.
  5. La velocidad de adopción de los substitutos de los hidrocarburos depende de qué tan radicales sean las tecnologías substitutas.

Barreras a la transición

Una de las causas más importantes por las que los sistemas fallan en la introducción de tecnologías sustentables (aun con precios de petróleo altos) es el lock-in o encerramiento tecnológico e interdependiente de las tecnologías, productos, infraestructura, prácticas y apoyo institucional hacia los hidrocarburos. Este encerramiento genera una gran barrera que complica la incorporación de otro tipo de tecnologías no fósiles.

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El sector energético tiene la característica de ser de alta intensidad de capital, longevidad tecnológica y especificaciones de la mayoría de los activos. Una estación de combustibles fósiles tiene una vida útil de 40 años o más y, una vez construida, difícilmente podrá cambiar su configuración para convertirse en una planta de producción baja en carbono. De forma similar, las instalaciones de la explotación de petróleo y gas se han diseñado para durar décadas. Esto quiere decir que una gran parte del uso por tipo de fuente de energía para los próximos 20 años (y, en ocasiones, más) ya ha sido determinado por las inversiones que se realizaron hace más de una década (Scrase y Mackerron, 2009) y generarán una barrera a la introducción de nuevas tecnologías no fósiles. De igual manera, las decisiones de inversión que se hagan en los próximos años tendrán un efecto de encerramiento en las décadas por venir, por lo que es importante que dichas decisiones sean congruentes con un futuro bajo en carbono, alineadas a la agenda de transición. En otras palabras, las decisiones de inversión actuales generarán un camino dependiente respecto al tipo de instalaciones y combustibles a utilizar en el futuro, que difícilmente se podrán cambiar. Por ello, cobra relevancia que la nueva capacidad de generación y el tipo de combustible a utilizar tendrá que ser baja en carbono si se busca que el país se encamine a metas alineadas con la transición energética sustentable.

Las decisiones de inversión actuales generarán un camino dependiente
respecto al tipo de instalaciones y combustibles a utilizar en el futuro,
que difícilmente se podrán cambiar.

El tipo de mercado y sus efectos

Con la creación de mercados competitivos en el sector energético (como se planteó en la Reforma Energética de México), se tiene la esperanza de reducir precios, que exista un esfuerzo en la reducción de costos, se pondere la optimización de los recursos y se obtenga eficiencia económica en el sector energético. No obstante, y a pesar de que existen países como el Reino Unido, que liberalizó su mercado de forma exitosa cumpliendo con estos principios de reducción de costos y eficiencia, ha sido evidente que su diseño de mercado no es completamente competente con los objetivos de la transición sustentable. El impulso a objetivos de competencia o mercado a la par de una agenda con tintes sociales (como lo es el combate al cambio climático) puede resultar difícil. Considerar que los mercados competitivos serán los vehículos que nos llevarán a los resultados esperados de la política de transición puede ser errático(Scrase y Mackerron, 2009). Los mercados tienden a favorecer a las empresas establecidas con su lock-in o encerramiento tecnológico, dado su poder de mercado, independientemente de su grado de liberalización.

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La Unión Europea es la región líder mundial en cuanto al número de clientes en mercados liberalizados del sector eléctrico. Sin embargo, este hecho por sí solo no ha brindado impulso a la introducción generalizada de energías renovables en la región ni ha generado una alta tasa de cambio de proveedor eléctrico, 2 reflejando el poder de las empresas establecidas para mantener una base de clientes independientemente de los combustibles y tecnologías en uso (que tienden a ser tecnologías convencionales). Los gobiernos y los reguladores pueden crear mercados, eliminar monopolios y también pueden diseñar mercados que incentiven características que favorezcan los objetivos de la transición. No obstante, si se busca un rápido avance en las metas y objetivos de la agenda de transición, es probable que se requiera una mayor intervención en las políticas de mercado, así como un mayor entendimiento sobre cómo surgen y se difunden las innovaciones de tecnologías bajas en carbono.

Conclusión

La transición energética sustentable representa un cambio de dirección que trae consigo un grado de incertidumbre, dado que implica el uso e impulso a gran escala de fuentes de energía no probadas de esa forma en su totalidad. Esta situación contrae riesgos y requiere que la política energética tenga claridad respecto a cómo se tratará la incertidumbre tecnológica. Los nuevos actores que buscan impulsar la penetración del mercado de tecnologías bajas en carbono no necesariamente están listos para alcanzar los niveles de inversión y riesgo para llevar sus productos al final de la cadena de valor. Es indispensable apoyar y premiar en el corto, mediano y largo plazo la innovación que permita una mayor reducción en las emisiones de carbono. Será necesario balancear gradualmente el portafolio de inversiones de energía, hacer una revisión y generar una visión de sistema energético que incluya los hidrocarburos y su aporte a la seguridad energética como fuente confiable para poder apoyar otras tecnologías alternas que todavía requieren mayor madurez para desarrollarse a escala. Se necesitará responsabilidad y direccionalidad, no sólo responder cuánto se destinará a la transición, sino qué tan rápido vamos avanzando y de qué proporción es el cambio de nuestros recursos destinados a los hidrocarburos vis à vis a la transición.

Bibliografía

  • Haug, M. (2011). ”Clean energy and international oil”, Oxford Review of Economic Policy, (27), 92–116.
  • Geels, F. (2005). ”Processes and Patterns in Transitions Systems Innovation: Refining the Co-Evolutionary multilevel perspective”, Technological Forecasting and Social Change, 72 (6), 681–96.
  • Scrase, I. and Mackerron, G. (eds.) (2009). Energy for the Future: A New Agenda, Palgrave MacMillan, New York. – Smith, A., Stirling, A., Berkhout, F., 2005. “The governance of sustainable sociotechnical transitions”, Research Policy, 34, 1491–1510.
  • Stirling, A., 2007. “Deliberate futures: precaution and progress in social choice of sustainable technology”, Sustainable Development, 15, 286–295.
  • Agencia Internacional de Energía, disponible en: http://www.iea.org/publications/freepublications/publication/KeyWorld2013.pdf Euroelectric (2014).
  • OECD (2014), Factbook Economic, Environmental and Social Statistics
  1. EIA: http://www.state.gov/s/ciea/ugtep/index.htm#
  2. Un pequeño grupo de países, entre los que destacan Irlanda, Reino Unido, Noruega y Suecia, tuvieron, durante 2011, tasas de cambio de proveedor eléctrico de entre 10 % y 14%, siendo las más altas de la región. Por otro lado, países con fuertes programas de energías renovables, como Alemania y España, tuvieron, en el mismo año, tasas de 7% y 6% respectivamente.
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