Un visionario de la química que propone que la ciencia del siglo XXI esté orientada a resultados directos, de preferencia inmediatos, que sean tangibles e impacten positivamente la vida de las personas.

 Desde muy joven, Carlos Amador Bedolla se prometió que no habría fronteras para su amor por la química teórica, romance que se ha prolongado por más de tres décadas. Hoy es uno de los académicos e investigadores más destacados de nuestro país: ha publicado decenas de textos científicos relacionados con energía y sustentabilidad, y colaborado como ponente y especialista invitado en las Universidades de Harvard y Berkeley, entre muchas otras. Pese a todos estos reconocimientos, el mayor orgullo de Amador es su contribución en la generación de talento de nivel internacional en la investigación química —con los ejemplos de Alan Aspuru, Joel Yuen, Roberto Olivares, Romelia Salomón, Rosana Collepardo, Laura Domínguez— y su contribución en la institucionalización de los planes de estudio de la Facultad de Química de la UNAM, su alma máter. “Tengo esperanzas en que lo mejor está por venir. México tiene posibilidades extraordinarias de crecimiento académico y económico. Hay que mantenerlo, reforzarlo y valorarlo en todos los sentidos. Necesitamos creer en nuestros estudiantes, ayudarlos a salir adelante y cambiar al mundo”.

Amador se doctoró en los años 80, en México. El especialista recuerda con nostalgia esos tiempos: describe a sus compañeros como estudiantes ambiciosos, con ganas de conocer el mundo. Sin embargo, esa misma juventud y hambre de conocimiento estuvo a punto de convertirse en un estorbo. “Los privilegios de la juventud y la inteligencia suelen favorecer la soberbia —comenta Amador—. En ciertos casos, el tiempo ayuda a atemperar esos excesos. Ni uno es tan listo como alguna vez pensó, ni los otros temas —ajenos al favorito personal— son despreciables; finalmente, con el tiempo, uno deja de ser tan joven. Ahora sé que pensar de esa manera fue alguna vez un obstáculo. Espero que haya dejado de serlo”.

Química cuántica

Para contextualizar su trabajo como investigador, Amador empieza de cero y explica con tranquilidad cómo, a medida que el conocimiento y la investigación han avanzado a pasos agigantados durante las últimas décadas, hemos ido descubriendo la verdadera composición de la naturaleza. “Sabíamos que todo está conformado por átomos y moléculas. Lo que enfrentamos ahora es que estas partículas se comportan de forma ilógica o “anti-intuitiva”; no funcionan como supusimos durante mucho tiempo”. El investigador aclara que, si durante el siglo XX la química se encontraba aún regida por una corriente de pensamiento ‘clásico’, el siglo XXI inicia como el siglo de la tecnología cuántica. Términos como “nanoestructura”, “nanorobots”, son ahora comunes entre los especialistas y representan el punto central de muchas investigaciones. No sólo eso: gracias a los avances informáticos, la velocidad para realizar complejas operaciones matemáticas se ha tornado casi instantánea. “Mi tesis de doctorado contenía unos cálculos que ahora hace un estudiante de licenciatura en un día. Yo los hacía en computadoras muy limitadas, en comparación con las que tenemos hoy. Esto permite que ahora nuestras ambiciones sean distintas. A mí me gusta decir que la química teórica se ha vuelto una tecnología más de la química, otra de las armas que tiene la química para trabajar, así como la espectroscopía o la difracción de rayos X”.

Durante los últimos 100 años, la ciencia se ha centrado en explorar sus propios límites, probarse hasta dónde es capaz de llegar… La ciencia no puede ser tan egoísta, tan autocentrada: tiene que ampliarse para pensar en qué hacer con efectos inmediatos ”.

Energía limpia

Mientras resuelve las complejas “ecuaciones” que cada día le presenta la paternidad (Amador es padre de una hermosa niña de siete años. “No tengo tiempo libre —explica—. Juego ‘Las traes’, ‘Mandala’, ‘No piso raya’”), el investigador mexicano encara con emoción su más reciente desafío científico: en colaboración con un equipo de especialistas, encabezado por Alan Aspuru, investigador del Departamento de Química de la Universidad de Harvard y uno de los alumnos más destacados de Amador —Aspuru se refiere a Carlos como “su mentor y gran amigo”—, trabaja en el proyecto Energía Limpia. El objetivo de esta iniciativa es calcular las propiedades ópticas y electrónicas de más de 4 millones de moléculas orgánicas (que contienen carbono)  usando modelos basados en la mecánica cuántica. Esto permitirá crear, en un futuro, simulaciones informáticas que predigan la correlación entre las moléculas, los resultados de millones de posibles combinaciones y su aplicación para obtener energía con celdas fotovoltaicas de nueva generación: baratas, accesibles para todos; la posibilidad de disponer de energía limpia y económica al alcance de todos los habitantes del planeta.

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“Durante los últimos 100 años, la ciencia se ha centrado en explorar sus propios límites, probarse hasta dónde es capaz de llegar. Somos como adolescentes: aventamos piedras a ver hasta dónde llegan, sin un propósito en sí mismo. El problema es que el desarrollo de la humanidad, nuestros números de población, nuestro consumo, están limitando esas posibilidades. La ciencia no puede ser tan egoísta, tan autocentrada: tiene que ampliarse para pensar en qué hacer con efectos inmediatos”.

Es por ello que Amador propone una ciencia orientada a resultados directos y, de preferencia, inmediatos, que generen bienestar e impacten positivamente en la vida de las personas. Aprovecha también para hacer un llamado a la academia mexicana para formar científicos del más alto nivel, capaces de aportar una influencia radical. “Necesitamos garantizar la formación más abundante, más intensiva, mediante un trabajo de colaboración internacional. Nuestros jóvenes tienen todo para competir con los mejores del mundo. Tenemos que ayudarlos a trascender”, concluye el especialista.

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